viernes, 24 de abril de 2009

abajo de la tierra

Era imposible parar, solo lo hacía para abrir sus puertas chillantes y recibir a otro traje que deambulaba por los pasillos.
Abajo de la tierra, los trenes pasan veloces para que las almas no se queden atrapadas en el fondo. Sin dueño, los cuerpos aparecen de pronto de un lado, después del otro, luego mirándote de frente con los ojos rojos, sin reir , ni pronunciar una sola palabra.
No es que estén muertos, es solo que no tienen vida.
Se han quedado atrapados con los abrigos y los paraguas, con esos ojos tan brillantes que parece que se van a derramar; y en una correspodencia, en un cambio de vía, se preguntan asustados cuánto tiempo ha dejado de pasar.
No es que estén muertos, es que sus ojos color de río fueron tragados por los de negro, y esas bocas tan rosas y finas quedaron un poco entreabiertas de la explosión.
No es que estén muertos, pero siempre tienen frío, por eso caminan aprisa, aunque lleguen a la misma hora y al mismo lugar y a la misma dirección.
Y así van, con sus nalgas apretadas y su nariz respingada, corren en un encaje de seda para contenerse y que no se deshagan sus pies.
No es que estén muertos, y no es que no quieran darte una mano, es solo que tienen su brazo derecho ocupado cargando una baguette.

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