era la cortina con el gancho zafado que caía. Todo era tan cuadrado que la asimetría de ese descuido en la ventana me exhaltaba.
Era un espacio mixto, con una pared falsa y otra lisa. Un cuarto artificial y prepagado de ladrillos, nuestro durante tres horas. Un cuarto de paredes que nos reclamaba la banalidad y a la vez el intento ingenuo de estar acompañados.
El lavabo y los ladrillos dolorosamente puestos me obligaban a aterrizar al día siguiente, a pensar en las historias que no existen pero que uno cuenta. A tomar fotografías desde la ventana y a no olvidar.
Nuestra historia era verde como tu camiseta, marrón como los ladrillos de mentiras y azul como la pared al fondo de la ventana con un gancho zafado y la cortina que caía, tan imperfecto, tan distinto.
Esa noche, fue la más caliente y la más fría, tú me acompañaste hasta la esquina con las manos apretadas de la prisa, te sentías tan valiente, y yo, como si estuviera acostumbrada a despedirme, fingí.
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