domingo, 10 de agosto de 2008

hacer las paces...

Qué mejor lugar: yo encima del ruta1 sentada al lado de la ventana, que ahora no se abre ni se cierra y permanece estática porque llevamos aire acondicionado, pero al fin junto a la ventana rumbo al trabajo.

-Acto esporádico, pues mi vecino volvió a sacar el aire de la llanta de mi coche por estacionarme frente a su puerta y tuve que tomar el camión ese día-

Todo transcurría, lento pero seguía. La avenida congestionada por un nuevo drenaje, la gente subiendo a mitad de calle, el maldito metro inaugurado sin ser terminado y los rojos y los rojos y los rojos constantes.

Era el día indicado para salir de la normalidad de las cosas y yo la vi primero.
Ella me vio desde la acera de la Av. Pino Suárez frente a la benavides y dudó en subir cuando me vio arriba. Arriba, encima, primero. Es natural, yo no acostumbro a estar en esos lugares. Ella no iba a subir, pude sentirlo al ver como volteaba hacia un lado y otro y dejaba sus manos en las bolsas de los jeans, como cuando está asnsiosa, pero seguí esperando junto al chofer, el ánfora y el aire acondicionado a que se decidiera.

Subió, titubeando, pero ya era tarde y el camión estaba bastante desahogado como para quedar juntas como antes, mala suerte hubiera sido que solo estuviera libre un lugar junto a mí. Mala suerte que se tropezara con mi pie que salía. Mala suerte que el camión le cerrara la puerta dejándola con una mitad adentro y otra afuera. Mala suerte que el camión acelerara y se cayera en el pasillo.

No ocurrió nada así. En el camión más civilizado de san nicolás eso no iba a ocurrir y menos cuando lo maneja una mujer chofer.

Así que subió al camión, tuve que verla porque al hacerlo dejó de lado el pasado y aceptó hacerme compañía. Distante y sin decir ni una palabra pero junto a mí en el trayecto.

Entonces pasee en la independencia y la imaginé, usando sus audífonos y leyendo algo, hubiera sido descarado invitarla a sentarse o voltear a verla, no hacía falta, recordé fresca nuestros buenos ratos con las pláticas sobre los sandwiches de pepino, la sobredosis, las heridas para chuparse la sangre, las historias inconclusas en el vips, los jugos de las maquinitas y las vueltas veloces sobre nuestros brazos.

Y bajó, antes que yo por supuesto, como lo hace todas las mañanas para llegar a su trabajo, y yo bajé después, en la sorpresa del regalo menos imaginado de una mañana aleatoria.